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dijous, 17 de desembre de 2015

The Economist vota por Albert Rivera

THE ECONOMIST.- A more constructive response to the euro crisis lies in Ciudadanos (“Citizens”), a liberal party (in the British sense) in a country where liberalism has never been strong. Its leader, Albert Rivera, aged 36, is untested, but his advisers propose many policies that Spain needs. Ciudadanos would do more than the PP to deepen economic reforms, cut wasteful duplication in government and boost sluggish productivity. It wants a single labour contract in place of the cosseting of insiders that leaves many young people as temporary hires. Like Podemos, it wants to reverse the PP-Socialist carve-up of institutions that ought to be independent, including the judiciary, the diplomatic service and the universities. It opposes Catalan independence but, unlike the PP, recognises that Spain is a pluricultural country. And unlike Podemos, it wants to build on, rather than threaten, the achievements of the past 40 years.

Reform politics, as well as the economy

If The Economist had a vote, it would go to Ciudadanos. But the next government is likely to be a coalition, because opinion polls suggest that, although the PP will again be the largest party in the Cortes, it will fail to keep its majority. Since his party is in the centre, Mr Rivera may have the casting vote. He should resist the temptation to join Podemos in a centre-left government led by the Socialists under their lightweight leader, Pedro Sánchez. Such a government would be weak, and the Socialists have promised to undo the PP’s labour reforms. Rather, Ciudadanos should ally with Mr Rajoy—on condition that the next government adopts the anti-corruption agenda on which it has campaigned. Populism is on the rise in the EU. If Spaniards eschew it and embrace reform, their country will indeed be an example to Europe.

Estudiantes de Yale firman una petición para derogar la primera enmienda de la Constitución de EEUU


La primera enmienda a la Constitución de Estados Unidos prohíbe la promulgación de cualquier ley relativa al establecimiento oficial de una religión o que impida la práctica libre de la misma, o que reduzca la libertad de expresión, o que vulnere la libertad de prensa, o que interfiera con el derecho de reunión pacífica o que prohíba la solicitud de compensaciones por agravios gubernamentales.

La petición de firmas para su derogación era falsa pero sirvió para demostrar con qué facilidad la firmaban los estudiantes de una de las más prestigiosas universidades de Estados Unidos.

Resumen del día



Rajoy defiende ahora que “habrá que hablar” 
del “problema” catalán

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PP, PSOE y Podemos mejoran sus perspectivas, mientras Ciudadanos sigue en descenso

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Campos de exterminio en la Siria de Asad

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Hasel, Monedero y Wyoming 






Contra Rajoy todo vale

Que la agresión a Rajoy sea, de momento, un hecho aislado no quiere decir que sea una flor en el desierto, un texto sin contexto. No es preciso que exista un nexo causal entre ese puñetazo y el clima guerracivilista que se condensa en las letrinas políticas para saber que en los últimos años se ha extendido por una parte de la sociedad española un discurso tóxico, troglodita y reaccionario que, pomposa y paradójicamente, se le ha llamado nueva política.

Se trata de un discurso inédito desde la Transición, -con la excepción de ETA y su entorno abertzale- que eleva a categoría política el odio, el insulto, la injuria y la calumnia, el resentimiento y la venganza, en el que se confunden una extrema izquierda creciente con una extrema derecha menguada.

Un discurso que ha ido calando gracias a generosos altavoces mediáticos y que ha llegado a salpicar también el discurso de partidos moderados. Como el que hizo Pedro Sánchez en el cara a cara con Rajoy. La violencia verbal no es violencia física, pero también hiere. El líder y candidato del PSOE tenía todo el derecho, e incluso la obligación, de poner sobre la mesa el gravísimo problema de la corrupción. Sin embargo, en lugar de imputar a su adversario con pruebas o indicios consistentes de hechos delictivos y deshonrosos, lo que hizo fue un ataque reiterado ad hominem, al ser y a la persona. No fue un ataque político, fue un ataque personal. Fue todo menos un acto de pedagogía democrática.
Cuando se deshumaniza al adversario, ya está a punto para que un pobre imbécil proceda: “le hice lo que millones de españoles quisieran hacerle”, diría este cretino parafraseando al líder. SANTIAGO GONZÁLEZ
Así las cosas ¿puede extrañarnos que haya gente que crea que contra Rajoy todo vale? El problema es que Rajoy es sólo el principio.