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divendres, 29 de gener de 2016

Dinamarca, la pequeña gran mentira


Dinamarca acaba de imponer a refugiados e inmigrantes la confiscación de todos sus bienes superiores a mil euros. Dicen que les seran reembolsados cuándo estén en condiciones de tributar, pero eso parece difícil ya que se les impide trabajar. Se trata, pues, de una humillación con carácter disuasorio. De esta manera, Dinamarca, en lugar de aprovechar la ocasión para haber ofrecido una solución racional al problema de la inmigración, ha decidido hacerse un lugar en la rebosante historia de la infamia universal.

Hace algunos años, el premio Nobel de Economia, Gary Becker, propuso establecer un mercado de derechos de inmigración y desmantelar la mayor parte de las disposiciones restrictivas que existen en la actualidad. Ese mercado consistiría grosso modo en que el inmigrante pague una cantidad para establecerse en el país. Una cantidad a cuenta de los servicios que recibirá y que le serán reembolsados cuándo se vaya si no los ha usado o si los ha pagado con su trabajo vía impuestos. De esta manera se consigue, por un lado, acabar con las mafias que se lucran con el transporte de migrantes ilegales, haciendo su viaje más asequible y seguro, y por otro se acaba con la injusticia de que unos reciban ayudas sociales sin haber cotizado antes.

Dinamarca, 'el país más feliz y avanzado del mundo' según dicen, no parece haber estado, pues, a la altura de lo que publicitan. En realidad, la 'superioridad moral' danesa (y nórdica por extensión) no deja de ser un mito. Pero no es fácil demostrarlo. Para ello hay que pisar el terreno y desbrozar páginas y páginas de propaganda googleliana.

El paraíso danés sufre de altas tasas de alcoholismo. Ocupa el cuarto lugar en consumo de antidepresivos, tras los islandeses. Un 5% de los hombres daneses han tenido relaciones sexuales con un animal (la zoofilia ha sido tradicionalmente legal en Dinamarca, a pesar de un movimiento para prohibirla. Hasta hace poco, varios "burdeles zoófilos" anunciaban sus servicios en los periódicos a unos precios que oscilaban entre los 75 y los 150 euros). Su productividad laboral está en declive, con un promedio de 28 horas semanales por trabajador, y todo el mundo parece tener un trabajo en el gobierno. Y por si fuera poco, Dinamarca fue declarada en 2011 capital mundial del cáncer.

Además de pagar enormes impuestos -entre el 58 y el 72% de los ingresos- los daneses tienen que pagar más por casi todo. Los libros son un artículo de lujo. Los servicios sanitarios se distribuyen sólo después de interminables horas en salas de espera. Las farmacias son un monopolio estatal, lo que significa que conseguir una aspirina es casi como pasar la ITV.

Michael Booth, un británico que vive en Dinamarca desde hace años, en su libro "El Pueblo casi perfecto. La otra cara del mito de la utopía escandinava" (Picador) se pregunta por las encuestas sobre la felicidad que sitúan a ese pequeño país nórdico a la cabeza del mundo. Según Booth esas encuestas son más literarias que científicas. La pregunta ¿eres feliz? tiene distintos significados según el entorno cultural. En Japón, por ejemplo, contestar "sí" parece jactancioso, mientras que en Dinamarca consideran "vergonzoso ser infeliz".

Dinamarca es un país de 5,3 millones de personas muy homogéneo. Todo el mundo habla la misma lengua, todo el mundo tiene el mismo aspecto y todo el mundo piensa lo mismo. Se habla de éxito de la "cohesión social", pero los extranjeros no son bienvenidos y las declaraciones xenófobas son habituales. Hace poco más de medio año, los populistas antiinmigración y antieuropeos llegaron al poder. Gobiernan con la tradicional derecha liberal, que allí se llama de izquierda. Y una de las primeras medidas que han adoptado ha sido desvalijar a los migrantes, con el aplauso -salvo algunos pocos- de la mayoría de los ciudadanos de Dinamarca. El país más civilizado -y feliz- del mundo.

JOSEP M. FÀBREGAS