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dijous, 3 de març de 2016

"Toni Segarra sostiene que Podemos tiene un imaginario que remite a la iglesia"


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"Una aspirina al día reduce el riesgo de cáncer"


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Ser demasiado feliz puede ser peligroso

Siempre se ha creído que ser feliz hacia la vida más fácil, pero ahora un estudio publicado en la revista European Heart Journal alerta que puede ser peligroso. Hasta ahora se tenía constancia del síndrome takotsubo –o corazón roto- , que hace referencia al debilitamiento de los músculos del corazón tras acontecimientos tristes, pero parece que acaban de descubrir el "síndrome del corazón feliz".
Un grupo de investigadores internacionales alerta ahora del peligro que supone una sobreexcitación por causas alegres. Apuntan que la felicidad puede llegar a ser letal. "Nuestros hallazgos sugieren que los acontecimientos felices y tristes de la vida pueden compartir vías emocionales similares. Los médicos deben ser conscientes de ello y preguntar por este tipo acontecimientos a la hora de tratar a un paciente con síntomas de ataques al corazón, como pueden ser dolor de pecho y dificultad de respirar", explica la doctora Jelena Ghadri, autora del estudio y cardióloga residente en el Hospital Universitario de Zúrich, en The Telegraph
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Mercadona y Consum ya saben cuándo necesitas patatas


Cuando Dolores vaya al súper de la esquina se puede encontrar con la agradable sorpresa de que ya tiene en la caja parte de la compra que iba a hacer, le proponen una oferta con cinco de sus productos preferidos y le han preparado la tarta del cumpleaños de su hijo.

La sorpresa viene porque Dolores no había dicho a nadie que su hijo cumplía años o que pretendía comprar tomates, arroz, patatas y huevos. Simplemente el supermercado sabe sus consumos habituales mediante los tickets de compra o la tarjeta de crédito que utiliza para pagar.

Incluso cuando llega a casa desde el súper, llaman y le dicen: "¡Le llevamos una botella de aceite!, porque usted compró patatas, huevos y ya no le queda aceite para hacer la tortilla. La botella de la semana pasada seguro que se le ha acabado, porque gasta una por semana." Es la minería de datos.

(Reuters) Exclusive: Koch brothers will not use funds to try to block Trump nomination

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El primer capítulo de "Cinco esquinas", la última novela de Mario Vargas Llosa

I. El sueño de Marisa

¿Había despertado o seguía soñando? Aquel calorcito en su empeine derecho estaba siempre allí, una sensación insólita que le erizaba todo el cuerpo y le revelaba que no estaba sola en esa cama. Los recuerdos acudían en tropel a su cabeza pero se iban ordenando como un crucigrama que se llena lentamente. Habían estado divertidas y algo achispadas por el vino después de la comida, pasando del terrorismo a las películas y a los chismes sociales, cuando, de pronto, Chabela miró el reloj y se puso de pie de un salto, pálida: «¡El toque de queda! ¡Dios mío, ya no me da tiempo a llegar a La Rinconada! Cómo se nos ha pasado la hora». Marisa insistió para que se quedara a dormir con ella. No habría problema, Quique había partido a Arequipa por el directorio de mañana temprano en la cervecería, eran dueñas del departamento del Golf. Chabela llamó a su marido. Luciano, siempre tan comprensivo, dijo que no había inconveniente, él se encargaría de que las dos niñas salieran puntualmente a tomar el ómnibus del colegio. Que Chabela se quedara nomás donde Marisa, eso era preferible a ser detenida por una patrulla si infringía el toque de queda. Maldito toque de queda. Pero, claro, el terrorismo era peor.

Chabela se quedó a dormir y, ahora, Marisa sentía la planta de su pie sobre su empeine derecho: una leve presión, una sensación suave, tibia, delicada. ¿Cómo había ocurrido que estuvieran tan cerca una de la otra en esa cama matrimonial tan grande que, al verla, Chabela bromeó: «Pero, vamos a ver, Marisita, me quieres decir cuántas personas duermen en esta cama gigante»? Recordó que ambas se habían acostado en sus respectivas esquinas, separadas lo menos por medio metro de distancia. ¿Cuál de ellas se había deslizado tanto en el sueño para que el pie de Chabela estuviera ahora posado sobre su empeine?

No se atrevía a moverse. Aguantaba la respiración para no despertar a su amiga, no fuera que retirara el pie y desa­pareciera aquella sensación tan grata que, desde su empeine, se expandía por el resto de su cuerpo y la tenía tensa y concentrada. Poquito a poco fue divisando, en las tinieblas del dormitorio, algunas ranuras de luz en las persianas, la sombra de la cómoda, la puerta del vestidor, la del baño, los rectángulos de los cuadros de las paredes, el desierto con la serpiente-mujer de Tilsa, la cámara con el tótem de Szyszlo, la lámpara de pie, la escultura de Berrocal. Cerró los ojos y escuchó: muy débil pero acompasada, ésa era la respiración de Chabela. Estaba dormida, acaso soñando, y era ella entonces, sin duda, la que se había acercado en el sueño al cuerpo de su amiga.

Sorprendida, avergonzada, preguntándose de nuevo si estaba despierta o soñando, Marisa tomó por fin conciencia de lo que su cuerpo ya sabía: estaba excitada. Aquella delicada planta del pie calentando su empeine le había encendido la piel y los sentidos y, seguro, si deslizaba una de sus manos por su entrepierna la encontraría mojadita. «¿Te has vuelto loca?», se dijo. «¿Excitarte con una mujer? ¿De cuándo acá, Marisita?» Se había excitado a solas muchas veces, por supuesto, y se había masturbado también alguna vez frotándose una almohada entre las piernas, pero siempre pensando en hombres. Que ella recordara, con una mujer ¡jamás de los jamases! Sin embargo, ahora lo estaba, temblando de pies a cabeza y con unas ganas locas de que no sólo sus pies se tocaran sino también sus cuerpos y sintiera, como aquel empeine, por todas partes la cercanía y la tibieza de su amiga.

Moviéndose ligerísimamente, con el corazón muy agitado, simulando una respiración que se pareciera a la del sueño, se ladeó algo, de modo que, aunque no la tocara, advirtió que ahora sí estaba apenas a milímetros de la espalda, las nalgas y las piernas de Chabela. Escuchaba mejor su respiración y creía sentir un vaho recóndito que emanaba de ese cuerpo tan próximo, llegaba hasta ella y la envolvía. A pesar de sí misma, como si no se diera cuenta de lo que hacía, movió lentísimamente la mano derecha y la posó sobre el muslo de su amiga. «Bendito toque de queda», pensó. Sintió que su corazón se aceleraba: Chabela se iba a despertar, iba a retirarle la mano: «Aléjate, no me toques, ¿te has vuelto loca?, qué te pasa». Pero Chabela no se movía y parecía siempre sumida en un profundo sueño. La sintió inhalar, exhalar, tuvo la impresión de que aquel aire venía hacia ella, le entraba por las narices y la boca y le caldeaba las entrañas. Por momentos, en medio de su excitación, qué absurdo, pensaba en el toque de queda, los apagones, los secuestros —sobre todo el de Cachito— y las bombas de los terroristas. ¡Qué país, qué país!

Bajo su mano, la superficie de ese muslo era firme y suave, ligeramente húmeda, acaso por la transpiración o alguna crema. ¿Se había echado Chabela antes de acostarse alguna de las cremas que Marisa tenía en el baño? Ella no la había visto desnudarse; le alcanzó un camisón de los suyos, muy corto, y ella se cambió en el vestidor. Cuando volvió al cuarto, Chabela ya lo llevaba encima; era semitransparente, le dejaba al aire los brazos y las piernas y un asomo de nalga y Marisa recordaba haber pensado: «Qué bonito cuerpo, qué bien conservada está a pesar de sus dos hijas, son sus idas al gimnasio tres veces por semana». Había seguido moviéndose milimétricamente, siempre con el temor creciente de despertar a su amiga; ahora, aterrada y feliz, sentía que, por momentos, al compás de su respectiva respiración, fragmentos de muslo, de nalga, de piernas de ambas se rozaban y, al instante, se apartaban. «Ahorita se va a despertar, Marisa, estás haciendo una locura.» Pero no retrocedía y seguía esperando —¿qué esperaba?—, como en trance, el próximo tocamiento fugaz. Su mano derecha continuaba posada en el muslo de Chabela y Marisa se dio cuenta de que había comenzado a transpirar.

En eso su amiga se movió. Creyó que se le paraba el corazón. Por unos segundos dejó de respirar; cerró los ojos con fuerza, simulando dormir. Chabela, sin moverse del sitio, había levantado el brazo y ahora Marisa sintió que sobre su mano apoyada en el muslo de aquélla se posaba la mano de Chabela. ¿Se la iba a retirar de un tirón? No, al contrario, con suavidad, se diría cariño, Chabela, entreverando sus dedos con los suyos, arrastraba ahora la mano con una leve presión, siempre pegada a su piel, hacia su entrepierna. Marisa no creía lo que estaba ocurriendo. Sentía en los dedos de la mano atrapada por Chabela los vellos de un pubis ligeramente levantado y la oquedad empapada, palpitante, contra la que aquélla la aplastaba. Temblando de pies a cabeza, Marisa se ladeó, juntó los pechos, el vientre, las piernas contra la espalda, las nalgas y las piernas de su amiga, a la vez que con sus cinco dedos le frotaba el sexo, tratando de localizar su pequeño clítoris, escarbando, separando aquellos labios mojados de su sexo abultado por la ansiedad, siempre guiada por la mano de Chabela, a la que sentía también temblando, acoplándose a su cuerpo, ayudándola a enredarse y fundirse con ella.

Marisa hundió su cara en la mata de cabellos que separaba con movimientos de cabeza, hasta encontrar el cuello y las orejas de Chabela, y ahora las besaba, lamía y mordisqueaba con fruición, ya sin pensar en nada, ciega de felicidad y de deseo. Unos segundos o minutos después, Chabela se había dado la vuelta y ella misma le buscaba la boca. Se besaron con avidez y desesperación, primero en los labios y, luego, abriendo las bocas, confundiendo sus lenguas, intercambiando sus salivas, mientras las manos de cada una le quitaban —le arranchaban— a la otra el camisón hasta quedar desnudas y enredadas; giraban a un lado y al otro, acariciándose los pechos, besándoselos, y luego las axilas y los vientres, mientras cada una trajinaba el sexo de la otra y los sentían palpitar en un tiempo sin tiempo, tan infinito y tan intenso.

Cuando Marisa, aturdida, saciada, sintió, sin poder evitarlo, que se hundía en un sueño irresistible, alcanzó a decirse que durante toda aquella extraordinaria experiencia que acababa de ocurrir ni ella ni Chabela —que parecía ahora también arrebatada por el sueño— habían cambiado una sola palabra. Cuando se sumergía en un vacío sin fondo pensó de nuevo en el toque de queda y creyó oír una lejana explosión.

Horas más tarde, cuando despertó, la luz grisácea del día entraba al dormitorio apenas tamizada por las persianas y Marisa estaba sola en la cama. La vergüenza la estremecía de pies a cabeza. ¿De veras había pasado todo aquello? No era posible, no, no. Pero sí, claro que había pasado. Sintió entonces un ruido en el cuarto de baño y, asustada, cerró los ojos, simulando dormir. Los entreabrió y, a través de las pestañas, divisó a Chabela ya vestida y arreglada, a punto de partir.

—Marisita, mil perdones, te he despertado —la oyó decir, con la voz más natural del mundo.

—Qué ocurrencia —balbuceó, convencida de que apenas se le oía la voz—. ¿Ya te vas? ¿No quieres tomar antes desayuno?

—No, corazón —repuso su amiga: a ella sí que no le temblaba la voz ni parecía incómoda; estaba igual que siempre, sin el menor rubor en las mejillas y una mirada absolutamente normal, sin pizca de malicia ni picardía en sus grandes ojos oscuros y con el cabello negro algo alborotado—. Me voy volando para alcanzar a las chiquitas antes de que salgan al colegio. Mil gracias por la hospitalidad. Nos llamamos, un besito.

Le lanzó un beso volado desde la puerta del dormitorio y partió. Marisa se encogió, se desperezó, estuvo a punto de levantarse pero volvió a encogerse y cubrirse con las sábanas. Claro que aquello había ocurrido, y la mejor prueba de ello es que es­taba desnuda y su camisón arrugado y medio salido de la cama. Alzó las sábanas y se rio viendo que el camisón que le había prestado a Chabela estaba también allí, un bultito junto a sus pies. Le vino una risa que se le cortó de golpe. Dios mío, Dios mío. ¿Se sentía arrepentida? En absoluto. Qué presencia de ánimo la de Chabela. ¿Habría ella hecho cosas así, antes? Imposible. Se conocían hacía tanto tiempo, siempre se habían contado todo, si Chabela hubiera tenido alguna vez una aventura de esta índole se la habría confesado. ¿O tal vez no? ¿Cambiaría por esto su amistad? Claro que no. Chabelita era su mejor amiga, más que una hermana. ¿Cómo sería en adelante la relación entre las dos? ¿La misma que antes? Ahora tenían un tremendo secreto que compartir. Dios mío, Dios mío, no podía creer que aquello hubiera ocurrido. Toda la mañana, mientras se bañaba, vestía, tomaba el desayuno, daba instrucciones a la cocinera, al mayordomo y a la empleada, en la cabeza le revoloteaban las mismas preguntas: «¿Hiciste lo que hiciste, Marisita?». ¿Y qué pasaría si Quique se enteraba de que ella y Chabela habían hecho lo que hicieron? ¿Se enojaría? ¿Le haría una escena de celos como si lo hubiera traicionado con un hombre? ¿Se lo contaría? No, nunca en la vida, eso no debía saberlo nadie más, qué vergüenza. Y todavía a eso del mediodía, cuando llegó Quique de Arequipa y le trajo las consabidas pastitas de La Ibérica y la bolsa de rocotos, mientras lo besaba y le preguntaba cómo le había ido en el directorio de la cervecería —«Bien, bien, gringuita, hemos decidido dejar de mandar cervezas a Ayacucho, no sale a cuenta, los cupos que nos piden los terroristas y los seudoterroristas nos están arruinando»—, ella seguía preguntándose: «¿Y por qué Chabela no me hizo la menor alusión y se fue como si no hubiera pasado nada? Por qué iba a ser, pues, tonta. Porque también ella se moría de vergüenza, no quería darse por entendida y prefería disimular, como si nada hubiera ocurrido. Pero sí que había ocurrido, Marisita. ¿Volvería a suceder otra vez o nunca más?».

Estuvo toda la semana sin atreverse a telefonear a Chabela, esperando ansiosa que ella la llamara. ¡Qué raro! Nunca habían pasado tantos días sin que se vieran o se hablaran. O, tal vez, pensándolo bien, no era tan raro: se sentiría tan incómoda como ella y seguro aguardaba que Marisa tomara la iniciativa. ¿Se habría enojado? Pero, por qué. ¿No había sido Chabela la que dio el primer paso? Ella sólo le había puesto una mano en la pierna, podía ser algo casual, involuntario, sin mala intención. Era Chabela la que le había cogido la mano y hecho que la tocara allí y la masturbara. ¡Qué audacia! Cuando llegaba a ese pensamiento le venían unas ganas locas de reírse y un ardor en las mejillas que se le deberían haber puesto coloradísimas.

Estuvo así el resto de la semana, medio ida, concentrada en aquel recuerdo, sin darse cuenta casi de que cumplía con la rutina fijada por su agenda, las clases de italiano donde Diana, el té de tías a la sobrina de Margot que por fin se casaba, dos comidas de trabajo con socios de Quique que eran invitaciones con esposas, la obligada visita a sus papás a tomar el té, al cine con su prima Matilde, una película a la que no prestó la menor atención porque aquello no se le quitaba un instante de la cabeza y a ratos todavía se preguntaba si no habría sido un sueño. Y aquel almuerzo con las compañeras de colegio y la conversación inevitable, que ella seguía sólo a medias, sobre el pobre Cachito, secuestrado hacía cerca de dos meses. Decían que había venido desde Nueva York un experto de la compañía de seguros a negociar el rescate con los terroristas y que la pobre Nina, su mujer, estaba haciendo terapia para no volverse loca. Cómo estaría de distraída que, una de esas noches, Enrique le hizo el amor y de pronto advirtió que su marido se desentusiasmaba y le decía: «No sé qué te pasa, gringuita, creo que en diez años de matrimonio nunca te he visto tan aguada. ¿Será por el terrorismo? Mejor durmamos».

El jueves, exactamente una semana después de aquello que había o no había pasado, Enrique volvió de la oficina más temprano que de costumbre. Estaban tomando un whisky sentados en la terraza, viendo el mar de lucecitas de Lima a sus pies y hablando, por supuesto, del tema que obsesionaba a todos los hogares en aquellos días, los atentados y secuestros de Sendero Luminoso y del Movimiento Revolucionario Túpac Amaru, los apagones de casi todas las noches por las voladuras de las torres eléctricas que dejaban en tinieblas a barrios enteros de la ciudad, y las explosiones con que los terroristas despertaban a medianoche y al amanecer a los limeños. Estaban recordando haber visto desde esta misma terraza, hacía algunos meses, encenderse en medio de la noche en uno de los cerros del contorno las antorchas que formaban una hoz y un martillo, como una profecía de lo que ocurriría si los senderistas ganaban esta guerra. Enrique decía que la situación se estaba volviendo insostenible para las empresas, las medidas de seguridad aumentaban los costos de una manera enloquecida, las compañías de seguros querían seguir subiendo las primas y, si los bandidos se salían con su gusto, pronto llegaría el Perú a la situación de Colombia donde los empresarios, ahuyentados por los terroristas, por lo visto se estaban trasladando en masa a Panamá y a Miami, para dirigir sus negocios desde allá. Con todo lo que eso significaría de complicaciones, de gastos extras y de pérdidas. Y estaba precisamente diciéndole «Tal vez tengamos que irnos también nosotros a Panamá o a Miami, amor», cuando Quintanilla, el mayordomo, apareció en la terraza: «La señora Chabela, señora». «Pásame la llamada al dormitorio», dijo ella y, al levantarse, oyó que Quique le decía: «Dile a Chabela que llamaré uno de estos días a Luciano para vernos los cuatro, gringuita».

Cuando se sentó en la cama y cogió el auricular, le temblaban las piernas. «¿Aló Marisita?», oyó y dijo: «Qué bueno que llamaras, he estado loca con tanto que hacer y pensaba llamarte mañana tempranito».

—Estuve en cama con una gripe fuertísima —dijo Chabela—, pero ya se me está yendo. Y extrañándote muchísimo, corazón.

—Y yo también —le contestó Marisa—. Creo que nunca hemos pasado una semana sin vernos ¿no?

—Te llamo para hacerte una invitación —dijo Chabela—. Te advierto que no acepto que me digas que no. Tengo que ir a Miami por dos o tres días, hay unos líos en el departamento de Brickell Avenue y sólo se arreglarán si voy en persona. Acompáñame, te invito. Tengo ya los pasajes para las dos, los he conseguido gratis con el millaje acumulado. Nos vamos el jueves a medianoche, estamos allá viernes y sábado, y regresamos el domingo. No me digas que no porque me enojo a muerte contigo, amor.

—Por supuesto que te acompaño, yo feliz —dijo Marisa; le parecía que el corazón se le saldría en cualquier momento por la boca—. Ahorita mismo se lo voy a decir a Quique y si me pone cualquier pero, me divorcio. Muchas gracias, corazón. Regio, regio, me encanta la idea.

Colgó el teléfono y permaneció sentada en la cama todavía un momento, hasta calmarse. La invadió una sensación de bienestar, una incertidumbre feliz. Aquello había pasado y ahora ella y Chabela se irían el jueves próximo a Miami y por tres días se olvidarían de los secuestros, el toque de queda, los apagones y toda esa pesadilla. Cuando volvió a reaparecer en la terraza, Enrique le hizo una broma: «Quien a sus solas se ríe, de sus maldades se acuerda. ¿Se puede saber por qué te brillan así los ojos?». «No te lo voy a decir, Quique», coqueteó ella con su marido, echándole los brazos al cuello. «Ni aunque me mates te lo digo. Chabela me ha invitado a Miami por tres días y le he dicho que si no me das permiso para acompañarla, me divorcio de ti. ​

Rivera, investido

ARCADI ESPADA

Albert Rivera subió a la tribuna del Parlamento cuando aún había restos en el aire de la palabra harapienta de Iglesias. De modo que habría tenido un gran éxito incluso si hubiera consumido en silencio su turno. Pero rechazó la posibilidad minimalista e hizo el mejor discurso parlamentario de su vida, en una ocasión difícil, en fondo y forma. El peor de los riesgos que corría era el de la irrelevancia, ya que su fuerza parlamentaria puede aficionarle viciosamente al toreo de salón...

The map with every battle ever fought in history



The Dutch company Nodegoat tried to map all battles ever fought in history. The result seems quite clear: Europe and U.S. (East Coast) are the places were most of the battles took place.
Here the map:
Screen Shot 2016-03-03 at 15.50.57


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Objetivo: Salvar Schengen

Los neonazis griegos de ‘Amanecer Dorado’ amedrentan la Eurocámara

La brecha de género ya no existe

The gender pay gap is dead: The truth about men and women's pay.

¿De qué tiene la culpa C’s, y quién ha “ganado las elecciones”?




plazaeme publicó:"Desde la derecha están bombardeando a Ciudadanos y a Riverita con unos argumentos a los que lo les veo soporte. Un ejemplo lo puso ayer Luis Bouza [-->], de Edurne Uriarte. Resume muy bien el esquema: Entregados casi todos a los superficiales cálculos "
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¿De qué tiene la culpa C's, y quién ha "ganado las elecciones"?

by plazaeme
Desde la derecha están bombardeando a Ciudadanos y a Riverita con unos argumentos a los que lo les veo soporte. Un ejemplo lo puso ayer Luis Bouza [-->], de Edurne Uriarte. Resume muy bien el esquema: Entregados casi todos a los superficiales cálculos aritméticos, parece haberse olvidado el dato central de lo que se juega […]
plazaeme | marzo 2, 2016 en 9:53 pm | Etiquetas: partitocracia | Categorías: partitocracia | URL: http://wp.me/p2VUV-d0H
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Mientras sus señorías se pelean, sube el paro


Money's too tight to mention, I can´t even qualify for my pension.
The Valentine Brothers

​DANIEL LACALLE.
Es enternecedor ver como señores que nunca han creado una empresa ni un puesto de trabajo con sus ahorros y su esfuerzo se enfrentan en un Parlamento para increpar sobre empleo mientras las empresas, autónomos y familias se encuentran con la incertidumbre.
El empleo sigue mejorando, aunque ya es muy evidente la ralentización que comentamos aquí en enero (creando empleo en un entorno difícil).
El dato de paro de febrero muestra ese efecto. El desempleo aumenta en 2.231 personas, y además contrasta con los dos últimos febreros. En dicho mes de 2015, el desempleo bajó en 13.538 personas, y en 2014, en 1.949. Sin embargo, utilizando datos desestacionalizados, el paro ha bajado en 21.959 personas. En cuanto a la afiliación a la Seguridad Social, los datos siguen siendo positivos, con un aumento de ocupados de 63.355 personas (+32.492 desestacionalizado), pero menos intenso que en febrero de 2015, cuando fue de 96.910 cotizantes.
Es positivo que siga aumentando la contratación fija. Recordemos que uno de los picos de temporalidad en España se dio en 2005, en plena burbuja de crecimiento, con más de un 35%.
Pero el problema sigue siendo el mismo. Incertidumbre y unas propuestas políticas que, en vez de afrontar el empleo desde la perspectiva correcta -potenciar la creación y crecimiento de empresas-, se empecina en el dirigismo e intervencionismo que ha hecho de Andalucía campeona de paro con más de 35 años de políticas 'sociales'.
La reforma laboral ya se ha derogado 'de facto' porque pocos se atreven a tomar decisiones de largo plazo ante la incertidumbre.
Recordemos que dicha incertidumbre política no es un problema solo de atraer inversión extranjera. Los primeros que deciden ralentizar el ritmo de inversión y contratación, además de consumir menos por el riesgo, somos los propios españoles. Son la inversión y consumo domésticos los primeros que caen ante las promesas de derogar lo que funciona, poner palos a las ruedas, y subir la carga impositiva al sufrido ciudadano para crear un "observatorio de los salarios". No, señores, no se llega al 'Top 10' del índice Doing Business con observatorios, ni con aumentos de presión y esfuerzo fiscal para financiar gasto corriente. Se llega facilitando y reduciendo las trabas fiscales y burocráticas. No creando un comité para analizar si se está "mejorando la eficiencia".
Ya decía Thomas Sowell que la burocracia es un monstruo que se da a luz a sí mismo y exige baja por maternidad.
En 'Acabemos con el paro' (Deusto, lean la reseña aquí) dedico todo un capítulo al riesgo que generan los políticos con sus palabras, con las amenazas constantes de derogar y eliminar, y de introducir aún mayores rigideces e impuestos.
Tenemos, por tanto, no solo que ofrecer oportunidades de inversión, sino con una combinación de seguridad jurídica, estabilidad política, valoración y rentabilidad.
Porque los que invierten exigen que estemos entre los mejores. O se van a otros países. No estamos haciéndoles un favor por invertir ni dándoles un chollo. No tienen la obligación de arriesgar su dinero. Si les ponemos trabas, si acudimos constantemente a la amenaza pública y a la demonización, simplemente no vienen.
Los políticos nunca valoran el efecto desincentivador de sus palabras. Cuando hablan en un debate de investidura de nacionalizar, confiscar, llamar a la actividad de empresas privadas 'derechos humanos', cambiar leyes una y otra vez o romper la seguridad inversora, no se dan cuenta de que la gente sí escucha. Y que lo peor para un país son los 'globos sonda', esas amenazas 'a ver qué pasa' que muchos se piensan que caen en saco roto. No es así. Aumentan el riesgo.
La confianza y el entorno favorable a la creación de empleo no se mejoran haciendo observatorios y acudiendo a mayor intervencionismo. Se construyen durante años, pero se destruyen en segundos.
Si a los políticos les preocupara de verdad el paro, sería una prioridad estatal consensuada que España fuera líder global en creación y crecimiento de empresas, no en derogar reformas que funcionan para crear subcomités de burocracia inútil.
Mañana seguirán diciendo que les preocupa el empleo. Pero muchos utilizan el paro como arma arrojadiza, nada más.



Francesc Homs: “Hace días que se trabaja en la gran coalición”


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Evo Morales reconoce que fue asesino y narcotraficante