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diumenge, 27 de novembre de 2016

La presunción de inocencia y la Inquisición mediática

Alexis de Tocqueville dijo que la libertad de expresión es tan importante que hay que tolerar sus excesos. Sin embargo, el poder que tienen hoy los medios de comunicación -los convencionales y las redes sociales- es algo mucho peor que un exceso. Es la pena de muerte civil -cuando no física- para todos aquellos que son víctimas de su voracidad.

La democracia se fundamenta en la limitación de los poderes y en el equilibrio entre los mismos, ya sean poderes institucionales o contrapoderes. Con las nuevas tecnologías, los medios se han convertido en un poder orwelliano omnipresente, especialmente en las redes sociales en las que ni siquiera existen los frenos y la contención que establece la muy deteriorada ética de la profesión periodística.

El periodismo moderno, que avala en la práctica la confusión entre hechos y opiniones tras haber decretado la muerte de la objetividad factual, es fundamentalmente de izquierdas. La derecha mediática es minoritaria, por no decir residual. Lo mismo que pasa en la ciencia, que es actualmente territorio comanche para la derecha. Es por ello que, tanto en la ciencia como el periodismo, hablar de la amenaza conservadora es irrelevante ya que no tiene impacto significativo alguno.

Los problemas de credibilidad del periodismo tienen su orígen en su deriva izquierdista, como los tuvo por su sumisión a la derecha, forzada o complaciente, durante la dictadura. Hay que volver al deslinde clásico entre información (hechos) y opinión (interpretación). Hay que garantizar, si hace falta penalmente, la presunción de inocencia de cualquier ciudadano, sea cual sea su posición social o institucional. Hay que dejar de confundir la libertad de expresión, con todos sus legítimos excesos, del derecho a la información -a una información veraz, contrastada y no ideológica- que es un derecho de los ciudadanos y no un privilegio de los periodistas.

Reconozco, como periodista, que eso es más fácil decirlo que hacerlo. Pero es necesario y urgente abordarlo sin mayores dilaciones. El linchamiento mediático del adversario político, convertido en enemigo, debe terminar. O los medios revisan sus códigos deontológicos y los aplican a rajatabla o el Estado -del que soy tan poco amigo- debe legislar al respecto. Sin miedo y sin complejos. Lo que está en juego no es la libertad de expresión e información, como dirán a coro los supuestos afectados, sino el derecho de los ciudadanos a no ser juzgados y sentenciados por una Inquisición mediática, siempre impune y con más privilegios que los aforados políticos a los que tanto critican.

No todo vale para tener más audiencia o para hacer la revolución.

Rita Barberá: Entre todos la mataron y ella sola se murió


Desde que entrase en la habitación 315, la ex alcaldesa de Valencia no la abandonaría, en una cuenta atrás de 37 horas que terminaron con una parada cardíaca de muerte. Entre medias, algo de comida, un desayuno frugal a la mañana siguiente y ninguna visita hasta la llegada de su hermana y su sobrino el martes. Así transcurrieron las 37 últimas horas de la mujer que gobernó durante 24 años la tercera ciudad más grande de España.

Su penúltimo pedido de roomservice fue una copa de whisky JB y una tortilla de patatas a las 21:30 del lunes, según aseguran en el hotel. Una factura de 13,60 euros que jamás pudo abonar. Era su particular menú para sobrellevar en la soledad de su habitación de 25 metros cuadrados un día amargo. Pesadillesco. El de su temida declaración ante el Tribunal Supremo por un presunto delito de blanqueo de capitales. La que fuera alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, se veía sentada en el banquillo. Demasiado trance para una persona de 68 años que llevaba más de un año padeciendo una situación explosiva: "Una cacería mediática, el vacío de su partido y varias amenazas de muerte que le habían provocado una depresión y agravado sus problemas de hipertensión", según una persona de su entorno. Amenazas como el haber recibido en menos de dos años dos sobres con balas del calibre nueve milímetros parabellum. El último, el pasado mes de julio. O como la más reciente. La que puso en conocimiento de un alto cargo de Interior a través de un SMS horas antes de morir tumbada junto a su hermana. Con un camisón y en un lecho de muerte de colchón blando y de 1,50. En la habitación 315. El búnker donde se parapetó antes de que su corazón dejase de latir. Sin avisar a nadie.
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