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dilluns, 2 de gener de 2017

Carles Puigdemont, entre las 12 personalidades que probablemente nos arruinarán el año 2017 [POLITICO]


POLITICO.- Europe has endured major angst these last 12 months, and many would say that the year 2016 was among the Continent’s most unlovely since the Balkan civil war. As we tiptoe into 2017, there’s no reason to believe that things will take a striking turn for the better.

So in this spirit of gloom, POLITICO brings you a dozen characters who will make you want to stay in bed — with the covers pulled firmly over your trembling head.

These aren’t the most obvious villains or potential wreckers of joy. So Russian President Vladimir Putin isn’t on this list. Nor is Turkey’s President Recep Tayyip Erdoğan or U.S. President-elect Donald Trump, nor even the U.K. Prime Minister Theresa May or the National Front leader Marine Le Pen, doughty depressants all: We can take it for granted that they will make us miserable in 2017, almost certainly on numerous occasions.

Instead, we give you a list of some of the other spoilers, a supporting cast of whom the best that we might wish is that they have a relatively quiet year.

The dozen follow, in alphabetical order.
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La vergüenza de Alepo


BERNARD-HENRI LÉVY | EL MEDIO.- “La pirámide de los mártires remuerde a la Tierra”. Al pensar en Alepo, este verso de un poema que René Char escribió en tiempo de guerra me vuelve como una bofetada. Y siento vergüenza. No por Vladímir Putin, ese zar de pacotilla, ese capo de un Estado mafioso que, entre sesiones de fotos y exhibiciones de testosterona, envía sus aviones a bombardear las ruinas de una ciudad. Para él, Alepo no era más que otro escenario para su narcisismo furioso, y sólo estaba representando su papel.

Ni por Bashar al Asad, cuya plomiza silueta esconde el alma más vil, oscura y cobarde de nuestro tiempo: los hombres de su pelaje renunciaron hace mucho a la raza humana; llegará el día en que tendrá que responder por sus crímenes ante la Humanidad.

No: me avergüenzo de mí mismo porque supliqué y clamé en el desierto, escribí incontables columnas y parrafadas para al final encontrarme cara a cara con mi impotencia, atragantándome con mi rabia. Pero también me avergüenzo de vosotros –de todos nosotros– porque sigue habiendo personas que son tratadas como animales de presa, perseguidas porque siguen teniendo dos brazos, dos piernas y una cabeza que aún no han convertido en montones de huesos, músculos y tripas, que es a lo que quieren reducirlas el Gobierno sirio y sus aliados; vergüenza porque, frente a este juego cruel, no hemos hecho prácticamente nada y hemos dicho muy poco.

Me avergüenzo porque, en este planeta, hay gente que ya no puede pensar, tener esperanzas o amar; gente a la que sólo le queda temblar y correr, y al día siguiente temblar y correr otra vez; gente que sólo cuenta con su propio cuerpo como escudo para proteger a sus hijos contra el fuego y el gas que pronto los consumirán a todos. Y, ante este espectáculo, estamos siendo testigos que ni siquiera reconoceremos que estamos jugando al juego de quien no quiere ver ni oír nada. ¿Hemos dejado de anclarnos a la realidad? ¿Nos hemos acostumbrado al sufrimiento forzado de los otros? ¿Acaso lo vemos como un circo en el que, desde las gradas, nos consentimos el placer culpable de ver luchar a gente corriente, no a gladiadores, y nos olvidamos de levantar el pulgar? ¿O es sólo el desahogo de quien se siente seguro y caliente en casa, mientras afuera llueve a cántaros? Lo que pasa es que, en este caso, lo que llueven son bombas.

Me avergüenzan los mecánicos boletines de radio en los días de la agonía de Alepo: el comentario anestesiado, el invariable análisis. Me avergüenzan los expertos apáticos, los pseudoexpertos siempre tan cuidadosos de que no se les escape el menor gesto de rabia o urgencia. Estoy avergonzado porque llega un momento en que los temas redundantes (muerte, muerte y más muerte) convierten a los comentaristas –y a la audiencia– en cómplices.

Me avergüenza Naciones Unidas, cuya resolución se presentó justo cuando caía el telón, cuando ya no quedaba mucho más que hacer salvo contar los muertos y, enseguida, clasificar a los refugiados. Me avergüenza esta nueva Liga de las Naciones, con sus Chamberlain que parlotean mientras que, en Alepo ayer y en Idlib mañana, nuestros hermanos y hermanas en la humanidad son despedazados por las bombas, acribillados, desangrados.

Me avergüenzan los gélidos monstruos chinos y rusos del llamado Consejo de Seguridad, que, mientras los aviones arrasaban una barriada tras otra, bloque por bloque; mientras hombres, mujeres y niños se abrazaban en una terrible comunión, y los pocos que sobrevivieron a ese mar de sangre eran ejecutados o enviados a las celdas de tortura, tuvieron la osadía de vetar la resolución de alto el fuego.

Siento vergüenza y tristeza por los otros, por los que trataron de salvar cierto honor pronunciando el enésimo discurso de condena e indignación; siento vergüenza por los honorables embajadores que intentaron, dentro del infame búnker en que se ha convertido la sede neoyorquina de la ONU, llegar a los hombres de hielo e impedirles, esta vez, levantar sus gordezuelas manitas para decir que no, que en realidad no pasa nada por desfigurar o triturar decenas de miles de cuerpos.

¿Qué le pasa por la cabeza a quien participa en un proceso así? ¿Qué siente el descompuesto funcionario de la muerte que vota sin escrúpulos que se siga matando, o el hombre de buena voluntad que planta cara pero tiene que aceptar el fracaso? ¿Cómo vive uno cuando, después de pasar una noche observando a quienes vetan (es decir, a los bombardeadores), una vez más, en un ritual tan rígido como una sesión de tortura, tu último llamamiento y descubres, de camino a casa, a primera hora de la mañana, que te pesan los pies no por por un cansancio normal, sino por la carne humana que llevas pegada en la suela o los dobladillos?

Me avergüenzan Barack Obama y la política de “líneas rojas” que abandonó el 30 de agosto de 2013, en una palinodia que dejó atónitos a sus aliados. Obama no era muy consciente de lo certeras que habían sido sus palabras: su línea roja era efectivamente de color rojo, el del rastro de sangre.

Me avergüenza Donald Trump, que mostró con aun mayor claridad sus preferencias al declarar que esos jóvenes condenados a morir; aquellos que, hasta el último minuto de la caída de la ciudad, dieron parte en YouTube; que encontraron de algún modo la fuerza para enviarnos su humilde “gracias”; que esos jóvenes, digo, serán objeto de un acuerdo –esa fue la palabra que utilizó, un “acuerdo”– con su amigote Putin.

Me avergüenza que una mayoría de los que sigo llamando conciudadanos parezca considerar a Asad –ese asesino con cara de yerno; ese asesino considerado al principio dócil y manso; ese hombre que muchos pensaban no sería rey (y mucho menos un tirano); esa versión moderna de Eduardo VIII, que no abdica pero se mantiene en el trono y entrega su país a Hitler, ese monstruoso yupi, este Pol Pot pijo– el menor de dos males en comparación con el ISIS.

Me avergüenza que François Fillon, candidato a la presidencia, y los miembros de la Cámara de Diputados francesa insistan en explicarnos, basándose en sus sórdidos cálculos sobre el valor de unas vidas, que la matanza en Alepo es parte del precio que debemos pagar para derrotar al terrorismo.

Me avergüenza todo eso porque, sin duda, tenemos la cobertura televisiva, el discurso público y los representantes y candidatos que nos merecemos.

Somos unos derrotistas que nos creemos gente de paz.

Somos europeos satisfechos demasiado dispuestos a renegar de nuestros propios valores mientras el primer gran crimen contra la humanidad del siglo XXI, que es lo mismo que decir el primer gran crimen de cada uno de nosotros contra el resto, se acerca vertiginosamente a su punto culminante.

Somos partícipes de una hecatombe contemporánea y, como ocurrió con los gritos desde los campos de la muerte hace casi un siglo, pocos, muy pocos, han reunido el valor de decir que debemos declarar la guerra a la guerra y bombardear a los bombardeadores.

La pirámide de los mártires sigue remordiendo a la Tierra. Y la Tierra gime bajo su peso. Ahí es donde estamos.

El PP inicia 2017 con una intención de voto del 34,8%, casi dos puntos superior al resultado que obtuvieron el 26-J


EL MUNDO.- Los populares emprenden 2017 con una intención de voto del 34,8%, casi dos puntos superior al resultado que obtuvieron en las urnas el pasado 26-J.En el envés de la hoja, el PSOE. Para el partido centenario, el año que acaba de finalizar ha sido poco menos que un tormento. Golpeados por los votantes, acosados desde la izquierda por Podemos, humillados por la derecha y amotinados en su interior, los socialistas no han salido aún de la tempestad. Viven malos tiempos, sin liderazgo definitivo y sin proyecto, al albur de las olas y braceando contracorriente en busca de un salvavidas.Hoy ni siquiera llegarían al 20% en intención de voto (19,4%). En apenas seis meses, desde las elecciones de junio, se han dejado en el camino más de tres puntos (3,3). Y no sólo: además han perdido, y en esta ocasión con claridad, la segunda posición del tablero político.

Unidos Podemos ha dado el salto y toma la delantera con claridad. Pese a su caótica vida interna y sus luchas fratricidas entre pablistas y errejonistas; pese a no haber encontrado aún una posición equilibrada entre la calle y las instituciones; pese a su falta de experiencia parlamentaria que les hace malgastar ideas y perder banderas, los del partido morado ganan empuje. Lo hacen a costa de la debilidad extrema de los socialistas y, si bien no obtienen todos los réditos que pudieran, han conseguido colocarse, según la encuesta, como segunda fuerza política. Sus enfrentamientos por el poder no parecen pasarles de momento factura, aunque la resistencia del vínculo entre dirigentes que compiten como púgiles y votantes -«la gente», para Podemos- tiene siempre un límite que no conviene forzar. Hoy obtienen una intención de voto del 22,5%, punto y medio (1,4) por encima de los resultados que consiguieron en las elecciones generales del pasado mes de junio. Ya están tres puntos por delante del PSOE, un partido atenazado desde ambos flancos y que pierde votos a favor tanto de Unidos Podemos como del Partido Popular.

En este escenario, Rajoy comienza 2017 a 12 puntos de la formación morada, ahora la segunda en liza, y a 15 del PSOE, ya en tercera posición. Se trata, en ambos casos, de ventajas muy considerables que a medio plazo parece imposible atajar. Probablemente las distancias finales dependerían de la marcha de la legislatura que acaba de comenzar, de la habilidad de unos y otros para figurar como actores imprescindibles en el avance de un país cada vez más polifónico, de la capacidad de hacerse oír en la nueva etapa que se pretende de diálogo.

Los populares, además, prácticamente triplican en porcentaje de apoyos a Ciudadanos, el «socio preferente» que apostó en primer lugar por allanarle a Rajoy el camino de la investidura. La formación naranja liderada por Albert Rivera pierde sólo medio punto respecto al 26-J. Ahora consigue una intención de voto del 12,6%.
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Qué tiempos éstos en que el líder de la clase obrera y otros empobrecidos es el 'facha' Trump y no la izquierda 'guay'


Los casi 500 condados en que ganó Hillary Clinton concentran el 64 % de la actividad económica de todo Estados Unidos, según cifras del año 2015. Por el contrario, los más de 2.600 condados en que ganó Donald Trump sólo generaron el 36 % de la producción, es decir, sólo un poco más de un tercio de toda la actividad económica del país.

BROOKINGS | Another Clinton-Trump divide: High-output America vs low-output America




Están pasando cosas imprevistas, también para quienes en principio disponen de los mejores instrumentos para conocer la sociedad y anticipar su posible evolución: resultados electorales desconcertantes, pérdida de referendos contra todo pronóstico, avance de fuerzas políticas reaccionarias… El pabellón de los desconcertados está formado por gente de variada procedencia, tanto de derechas como de izquierdas, los conservadores clásicos y los pijos progresistas, el Partido Republicano americano y los Clinton, los socialdemócratas y los democristianos europeos… En tiempos de fragmentación, lo único transversal es el desconcierto, aunque a la derecha le suele durar menos. Por lo general, los conservadores se llevan mejor con la incertidumbre y no tienen demasiadas pretensiones de formular una teoría de la sociedad, mientras las cosas funcionen. La izquierda suele sufrir más con la falta de claridad y tarda mucho tiempo en comprender por qué los trabajadores votan a la extrema derecha. De ahí el amplio debate acerca de qué debe hacer la izquierda (los liberales, los demócratas, los socialistas o los progresistas) para recuperar alguna capacidad estratégica en medio de una situación que ni comprende ni, por supuesto, controla. De todas maneras, puede que la distinción entre la derecha y la izquierda sea menos relevante que la diferencia entre quienes lo han entendido (Trump y Sanders) y quienes no han entendido nada (los demócratas y los republicanos clásicos).

¿Cómo se explica este desconcierto? Mi hipótesis es que tiene su origen en la fragmentación de nuestras sociedades. Vivimos en comunidades atravesadas por fracturas múltiples, en Estados Unidos concretamente, entre las ciudades de la costa y el interior del país, entre la población blanca y las minorías, la ética protestante del trabajo y una cultura de la abundancia y la diversión… Al mismo tiempo, los medios, los tradicionales y las redes sociales, han acelerado esta fragmentación de las identidades culturales y políticas; especialmente las redes sociales permiten la creación de comunidades abstractas y homogéneas en unos enclaves de opinión donde se refleja la autosegregación psíquica de las comunidades ideológicas. | DANIEL INNERARITY
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El abandono del Pogreso

Margaret Thatcher and Ronald Reagan are remembered for the laissez-faire revolution they launched in the early 1980s. They campaigned and won on the promise that free-market capitalism would unleash growth and boost prosperity. In 2016, Nigel Farage, the then-leader of the UK Independence Party (UKIP) who masterminded Brexit, and US President-elect Donald Trump campaigned and won on a very different basis: nostalgia. Tellingly, their promises were to “take back control” and “make America great again” – in other words, to turn back the clock.

As Columbia University’s Mark Lilla has observed, the United Kingdom and the US are not alone in experiencing a reactionary revival. In many advanced and emerging countries, the past suddenly seems to have much more appeal than the future. In France, Marine Le Pen, the nationalist right’s candidate in the upcoming presidential election, explicitly appeals to the era when the French government controlled the borders, protected industry, and managed the currency. Such solutions worked in the 1960s, the National Front leader claims, so implementing them now would bring back prosperity.

Obviously, such appeals have struck a chord with electorates throughout the West. The main factor underlying this shift in public attitudes is that many citizens have lost faith in progress. They no longer believe that the future will bring them material improvement and that their children will have a better life than their own. They look backward because they are afraid to look ahead. Progress has lost its shine for several reasons. The first is a decade of dismal economic performance: for anyone below the age of 30, especially in Europe, the new normal is recession and stagnation. The toll taken by the financial crisis has been heavy. Furthermore, the pace of productivity gains in the advanced countries (and to a large extent in emerging countries) remains disappointingly low. As a result, there is very little in the way of income gains to distribute – and even less in aging societies where fewer people are at work and those out of work live longer. This grim reality may not last (not all economists agree that it will); but citizens can be forgiven for taking reality at face value.

The second reason progress has lost credibility is that the digital revolution risks undermining the middle class that formed the backbone of the post-war societies of the world’s advanced economies. As long as technological progress was destroying unskilled jobs, the straightforward policy response was education. Robotization and artificial intelligence are destroying medium-skilled jobs, leading to a polarized labor market, with jobs created at the two ends of the wage distribution. For those whose skills have lost value and whose jobs are threatened by automation, this hardly counts as “progress.”

A third, related, reason is the massively skewed distribution of national income gains that prevails in many countries. Social progress rested on the promise that the benefits of technological and economic advancement would be shared. But recent path-breaking research by Raj Chetty and his colleagues shows that whereas 90% of US adults born in the early 1940s earned more than their parents, this proportion has steadily declined ever since, to 50% for those born in the mid-1980s. Only one-quarter of this decline is due to slower economic growth; the remainder is attributable to an increasingly unequal distribution of income. When inequality reaches such proportions, it erodes the very basis of the social contract. It is impossible to speak of overall progress when children have an even chance of being worse off than their parents.

Fourth, the new inequality has a politically salient spatial dimension. Educated, professionally successful people increasingly marry and live close to one another, mostly in large, prosperous metropolitan areas. Those left out also marry and live close to one another, mostly in depressed areas or small towns. The result, reckon the Brookings Institution’s Mark Muro and Sifan Liu, is that US counties won by Trump account for just 36% of GDP, whereas won by Hillary Clinton account for 64%. Massive spatial inequality creates large communities of people with no future, where the prevailing aspiration can only be to turn back the clock.

Faith in progress was a key provision of the political and social contract of the post-war decades. It was always a part of the left’s DNA; but the right embraced it as well. After what happened in 2016, support for a concept forged in the Enlightenment can no longer be taken for granted.

For anyone who believes that progress should remain the compass guiding societies in the twenty-first century, the priority is to redefine it in today’s context and to spell out the corresponding policy agenda.

Even leaving aside other important dimensions of the issue – such as fear of globalization, growing ethical doubts about contemporary technologies, and concerns about the environmental consequences of growth – redefining progress is a challenge of daunting magnitude. This is partly because a sensible agenda must simultaneously address its macroeconomic, educational, distributional, and spatial dimensions. It is also because yesterday’s solutions belong to the past: a social compact designed for an environment of high-growth, equalizing technological progress won’t help address the problems of a low-growth world of divisive technological innovation.

In short, social justice is not a matter only for fair-weather environments. For several decades, growth has served as a substitute for sensible social cohesion policies. What advanced societies need now are social compacts that are resilient to demographic shifts, technological disruptions, and economic shocks. In 2008, US President Barack Obama campaigned on “hope” and “change we can believe in.” The substantive response to the reactionary revival must be to give content to this largely unfulfilled promise. | Jean Pisani-Ferry
The Abandonment of Progress