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dijous, 20 d’abril de 2017

Por qué es imposible crear empleos en Occidente

Repárese en un simple dato numérico. Antes de dar inicio la segunda gran ola globalizadora del capitalismo hacia principios de los años ochenta, los mercados laborales de las economías abiertas agrupaban en total a unos mil millones de trabajadores. Tres décadas después, tras la disolución del bloque soviético y la apertura de China e India a los mercados transnacionales, esa cifra se había multiplicado por tres, hasta alcanzar una oferta de mano de obra que ronda los tres mil millones de personas. Así las cosas, un político europeo de derechas o de izquierdas que ansíe mantener una mínima honestidad intelectual está obligado a explicar cómo piensa crear puestos de trabajo en París, en Roma o en Vallecas si solo en Vietnam ya hay 86 millones de candidatos a cubrirlos cobrando una décima parte del salario fijado en Occidente. O menos. Y desde la honestidad intelectual solo se puede decir que esos puestos de trabajo no se van a crear nunca. De ahí la eclosión del precariado en Europa y Norteamérica. En la Francia que votará el domingo, el precariado representa casi la mitad de la población activa del país. Y el suyo será, nadie lo dude, el voto de la frustración y de la ira. También Francia puede caer. | JOSÉ GARCÍA DOMÍNGUEZ

Eso explica por qué el proteccionismo aparece como la respuesta política adecuada. Al fin y al cabo en los últimos 150 años el proteccionismo ha sido la norma y el libre comercio la excepción. Se trata de una evidencia empírica, como también es una evidencia empírica que mantener cerradas las puertas de la economía nacional durante períodos prolongados termina por empobrecer a todos, ya que se suele perder el tren de la innovación y la revolución tecnológica.

A diferencia de épocas anteriores, la competencia de la mano de obra de países tercermundistas o en desarrollo coincide actualmente con un cambio profundo del modelo productivo nacido de la revolución industrial en el siglo XIX. Las llamadas tercera y cuarta revoluciones industriales -digital e inteligencia artificial- dejan obsoletos los modos de producción y las relaciones laborales existentes hasta hoy. Todo está cambiando y a gran velocidad. El problema es que nadie sabe a ciencia cierta dónde desembocará y cómo será ese futuro cada vez más inminente. Vivimos en la incertidumbre de las eras de transición. Y la incertidumbre encumbra a líderes peligrosos.

El suicidio democrático de Turquía




1. La confrontacional retórica islamista-nacionalista de Erdogan sigue atrayendo a masas que lo adoran por decir que está acometiendo el proceso de restablecimiento del histórico influjo otomano del país como líder del mundo islámico. Su retórica —y sus prácticas— evocan a menudo un régimen autoritario en forma de sultanato. No fue una coincidencia que los miles de seguidores de Erdogan que se congregaron para aclamar a su líder tras su victoria en el referéndum ondeasen apasionadamente banderas turcas y otomanas y coreasen “Alahu Akbar” [“Alá es el más grande”, en árabe]. Para la mayoría de los conservadores seguidores de Erdogan, “primero va Dios… y después Erdogan”. Ese sentimiento explica por qué la votación del domingo no era sólo un aburrido asunto constitucional para muchos turcos: se trataba de apoyar a un hombre ambicioso que promete resucitar un pasado glorioso.

2. La campaña por el no y sus defensores fueron sistemáticamente silenciados e intimidados por el poderoso aparato del Estado, incluida la Policía y el Poder Judicial. En cambio, la campaña por el sí gozó de todo el apoyo posible del Gobierno, con una plena movilización de los mecanismos del Estado y los recursos públicos. Aún peor: Turquía fue a las urnas bajo el estado de emergencia que se declaró tras el fallido golpe de julio.

3. Un organismo parlamentario de la Unión Europea (UE) advirtió antes del referéndum de su dudosa legitimidad democrática. Decía que el Gobierno había minado la capacidad de los diputados para hacer campaña a favor del no. “Simplemente, no se dieron las condiciones para un plebiscito libre y limpio sobre las reformas constitucionales propuestas”, decía un informe publicado por la Comisión Cívica de la UE y Turquía. Subrayaba, entre otros motivos, que los líderes de un partido prokurdo que había hecho campaña por el no llevaban encarcelados desde noviembre, acusados de tener vínculos con organizaciones terroristas. Según una ONG pro derechos civiles, en los quince meses previos al referéndum la Policía empleó la violencia para poner fin a un total de 264 protestas pacíficas en defensa del no.

4. Con aproximadamente 150 periodistas en la cárcel, había un clima generalizado de miedo.

La gran purga turca arroja cifras colosales. Según el ministro del Interior turco, Suleyman Soylu, 47.155 personas han sido encarceladas desde el intento de golpe del 15 de julio;

113.260 personas han sido detenidas;

41.499 personas han salido de la cárcel con libertad condicional y 23.861 personas han sido excarceladas sin condiciones; otros 863 sospechosos aún no han sido detenidos;

10.732 de los arrestados eran agentes de policía; 168, generales, y 7.463 miembros del Ejército seguían en prisión el pasado día 2;

2.575 jueces y fiscales y 208 gobernadores u otros administradores públicos han sido encarcelados. 
El número de civiles en prisión –incluidos discapacitados, amas de casa y ancianos– es de 26.177; más de 135.000 personas han sido purgadas. 
Un total de 7.137 académicos fueron purgados, así como 4.272 jueces y fiscales que fueron despedidos por su presunta participación en la intentona golpista.

Los defensores del no fueron amenazados y tratados como terroristas. Los observadores de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa (OSCE) confirmaron casos de intimidación contra la campaña del no en todo el país.

5. El Partido Republicano del Pueblo, la principal formación opositora, ha denunciado un fraude electoral. Sostiene que la votación se manipuló en fondo y forma. Cuando el recuento electoral ya llevaba una hora en marcha, la Junta Suprema Electoral declaró válidas papeletas sin sellos oficiales. Esa práctica contraviene claramente el reglamento electoral. La oposición también denunció que en algunas ciudades echaron a los apoderados de las organizaciones a favor del no de los centros electorales. En Turquía, probablemente no importa qué dice la papeleta, lo que importa es quién las cuenta. | Burak Bekdil
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